Pablo Escobar - Caricatura: Átomo Cartún.

Pablo Escobar y esas pequeñas cosas que olvidamos

Una mañana, cuando tenía nueve años, un estruendo me despertó: a menos de un kilómetro de mi casa, los hombres de Pablo Escobar habían instalado un carro bomba que hizo pedazos la sede del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) en Bogotá. Pocos minutos después, pude ver desde mi ventana la enorme columna de humo que se levantaba formando un hongo que traía a mi cabeza la paranoia nuclear con la que crecimos muchos durante la Guerra Fría, mientras en mi familia crecía la preocupación porque algún pariente hubiera quedado entre los centenares de víctimas, al tiempo que escuchábamos las noticias por la radio.

Hago parte de una generación que creció entre el miedo y la sorpresa. Para nosotros, Pablo Escobar marcó época no sólo porque representaba al bandido que había llegado a enfrentarse al establecimiento con su ejército de sicarios y sus carros bomba sino porque para muchos representaba una figura fundamental en la cultura colombiana contemporánea: la del oportunista que supo escalar socialmente hasta insertarse en el club del poder usando todos los métodos a su alcance y aprovechándose de que los enormes recursos del mercado ilegal de cocaína fueran tanto útiles para su propósito como apetecidos por los dueños del país.

Hace 32 años, Pablo Escobar, el trepador social, se vistió de héroe a sí mismo haciendo obras de caridad en barrios populares y comprando periodistas para que lo convirtieran en “Un Robin Hood paisa” y hoy la televisión revive el mito, lo despoja de la realidad histórica y lo convierte en la representación de un país al que se le ha condenado al olvido de sí mismo y a la banalización de sus tragedias nacionales.

Basado en el morbo, “El patrón del mal”, como todo el entramado narrativo de libros, películas y series de TV que se ocupan de la ‘cultura mafiosa’, nos ha empujado por la senda de lo que el periodista Germán Castro Caycedo llama muy acertadamente “un relato de putas sicarios y mafiosos”, una narrativa de lugares comunes, de situaciones sangrientas, de sexo, drogas y mucho dinero, que nos impide vernos a nosotros mismos, entender nuestras tragedias y afrontar nuestros graves conflictos, mientras se banaliza nuestra historia y se vende entre las clases medias y sectores populares, tanto en Colombia como en el exterior, a un personaje ficticio que encarna la idea de que todos los métodos son válidos para ascender de la pobreza a la extrema riqueza.

Llevamos más de veinte años en los que en los que, de forma muy intencionada, se viene repitiendo sin cesar este cuento de hadas intoxicadas, de una especie de cenicienta sin escrúpulos que, en realidad, esconde una idea discriminadora y moralista con la que se muestra a los pobladores de los barrios populares de Medellín como gente que hace cualquier cosa por dinero o se da una visión rosa de la vida del sicariato. Sin embargo, nunca el poder del aparato de mercadeo de los grandes monopolios de la comunicación colombianos había llegado a tanto como con la inserción de este relato en la televisión local y su posterior exportación a países como España y Argentina.

A pesar de lo que algunos puedan pensar ingenuamente, Pablo el ‘héroe’ es un personaje que nunca existió. Escobar para nada significó una ruptura del poder tradicional y, por el contrario, fue funcional a un proyecto de nación de un sector de la clase dominante colombiana y a la expansión del control estadounidense en América Latina bajo la farsa de la guerra contra las drogas.

De hecho, sólo empezó a ser considerado un peligroso criminal en el momento en que un tipo venido del bajo mundo como él logró insertarse entre las clases dominantes, al punto de ser senador de la República, y cuando se disparó esa tensión con los sectores tradicionales de la élite, con la ‘oligarquía criolla’, simplemente se declararon la guerra y los perjudicados fuimos el resto de los colombianos.

Asimismo, para la extrema derecha colombiana, los militares, la DEA y la CIA, el Cartel de Medellín fue un instrumento precioso en su política contrainsurgente, pues encontraron en su comercio el método perfecto de financiación de sus operaciones encubiertas en América Latina –¿o de dónde sacaban el dinero para operaciones ilegales como Irán-contras?– y entre sus integrantes un ejército privado siempre dispuesto a torturar, desaparecer y asesinar a todo el que estorbara en el ‘camino del progreso’, como opositores políticos, sindicalistas, mujeres y estudiantes.

Al colapsar su estructura con la muerte de Escobar y la captura de sus principales cómplices, no sólo surgieron nuevos carteles sino que se dio origen a un paramilitarismo moderno siempre coludido con el Estado, primero con las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y actualmente con los múltiples grupos surgidos de éstas, que se han convertido en los principales victimarios de la población más pobre en Colombia y han lucrado hasta los límites de lo insospechable a una ínfima minoría que, por lo menos, ha dejado a seis millones de personas desplazadas y decenas de miles de muertos para hacerse con las mejores tierras del país e invaluables recursos mineros, petroleros y acuíferos.

El legado de Escobar para la sociedad colombiana sigue siendo motivo de vergüenza: a pesar de 15 años de un Plan Colombia que supuestamente estaba destinado a combatir al narcotráfico pero se enfocó por los Estados Unidos como una estrategia militar contra las guerrillas, nuestro país sigue siendo el principal productor mundial de la cocaína que se consume en el primer mundo y que beneficia en nuestro suelo a los despojadores de siempre, a los paramilitares que la exportan y a quienes agazapados administran desde las cumbres del poder sus astronómicas ganancias y las ponen a circular por toda nuestra economía. Mientras tanto, con una ingenuidad increíble, muchos jóvenes ven las series televisivas, se compran una camiseta con la cara de alias ‘El Patrón’ estampada y sueñan con convertirse en los nuevos capos mafiosos, pensando que era realidad esta retorcida y manipuladora versión de la historia.

Pasaron veintiséis años y me preocupa lo mismo que esa mañana de la explosión: ¿hasta dónde llegarán los poderosos para afianzar su poder?

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Publicado originalmente por el periódico Diagonal.

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